Neuromante/Guía de lectura
Neuromante es considerada una obra fundacional del subgénero ciberpunk. La presente guía de lectura pretende ayudar a explorar la novela para poner en relieve por qué fue considerada una obra tan decisiva y resaltar su vigencia actual. Y este doble objetivo se quiere abordar desde dos puntos de vista complementarios: su cualidad especulativa y su calidad literaria.
Neuromante es una obra que propone un debate en varios ámbitos: la naturaleza de la Inteligencia Artificial es uno de ello, quizás el más inmediato pero también tal vez el más superficial. Veremos que su importancia como obra pionera se debe más a otros aspectos sociales deudores del momento en que fue escrita.
En cuanto a los aspectos literarios, trataremos de reflejar las cualidades que hicieron de la obra un canon del subgénero que representa, al tiempo que defenderemos su potencial innovador y renovador del lenguaje literario.
El autor:
William Ford Gibson nació el 17 de marzo de 1948 en Conway, Carolina del Sur, cerca de donde sus padres solían veranear. Pasó buena parte de su infancia en Wytheville, Virginia, un pueblo de los Apalaches donde sus padres habían nacido y crecido. En todo caso, a lo largo de su infancia viajó a menudo debido al trabajo de su padre como mando medio de una importante empresa de construcción. Su padre murió atragantado en un restaurante cuando él era aún un niño, y su madre cuando él tenía dieciocho años, por lo que dejó el instituto sin graduarse.
En esa época se mudó a Canadá. A menudo se ha dicho que lo hizo para evitar ser reclutado, si bien él mismo reconoció que alimentó esa leyenda sin motivo; no huyo del reclutamiento ya que nunca llegó a ser llamado a filas. En Canadá realizó trabajos menores y conoció a Deborah Jean Thompson, con quien viajó a Europa. En 1972 se casaron y establecieron en Vancouver, donde él cuidaba de su primer hijo mientras ella trabajaba de maestra. En esa época se dedicaba a comprar objetos de las tiendas de segunda mano del Ejército de Salvación y se graduó en Inglés, en parte porque era más fácil obtener ayudas para estudiar que trabajar.
A principios de los ochenta conoció a John Shirley, Bruce Sterling y Lewis Shiner (a quienes Gibson dedica sus agradecimientos al final de la novela, junto a Helden y Tom Maddox). En octubre de 1982, en la ArmadilloCon, los cuatro presentaron un panel titulado Mirrorshades (gafas espejadas): Una mirada a la ciencia ficción punk. Shiner declararía posteriormente que en ese punto sintió que algo se solidificaba; era el nacimiento del ciberpunk.
Contexto:
Neuromante (William Gibson, 1984) es una novela de ciencia ficción distópica publicada por Ace Books en julio de 1984 (y vendida al precio de 2,95 $), si bien su autor la firma un año antes, en "Vancouver, julio de 1983". Se trata de una de las novelas mas reconocidas e influyentes de la ciencia ficción y uno de los pilares fundamentales del subgénero del ciberpunk.
Escrita y publicada en los ochenta, la obra refleja esta época convulsa pero de gran creatividad, al menos en el género de la ciencia ficción.
Si la ciencia ficción anterior a la Segunda Guerra Mundial (edades de oro y de plata) hacía hincapié en la ciencia y la tecnología como herramientas de progreso, y la de los años sesenta y setenta (la nueva ola) se había vuelto más humanista, los ochenta estuvieron caracterizados por el Ciberpunk, un movimiento contracultural de escenarios claramente distópicos de gran influencia no sólo en el género, sino en la cultura en general.
El motivo de este giro hacia el pesimismo es la acumulación de desengaños de las décadas anteriores.
Contexto histórico:
Por una parte, las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki demostraron que la ciencia era una herramienta que bien podía tener usos nefastos. Por otra, cada vez era más evidente que el fuerte avance económico posterior a la Segunda Guerra Mundial se había cobrado un alto precio ecológico, a costa de contaminar el medio ambiente y depredar una Tierra que ya demostraba no ser una fuente inagotable de recursos. Y por si esto fuera poco, las políticas económicas de Reagan y Thatcher demostraron que el crecimiento de la economía podía desligarse del crecimiento del bienestar de la sociedad: comenzaba a vislumbrarse que las políticas liberales de reducción de impuestos (especialmente a grandes empresas y fortunas) y de desmantelamiento del Estado (de las políticas sociales y de servicios públicos que beneficiarían a los individuos, tanto más cuando más desfavorecidos) estaban creando una brecha social en la que los ricos y poderosos podían imponer políticas económicas, sociales y fiscales que los hacían todavía más ricos y poderosos.
Especialmente, en Estados Unidos, la década de 1970 es una momento de profunda crisis económica: el país estaba perdiendo gran parte de su tejido industrial debido a la fuerte competencia de las economías europeas y japonesa (economías precisamente favorecidas por la política exterior estadounidense de postguerra) cuyos productos eran energéticamente más eficientes y baratos, aspectos que se vieron acentuados por dos crisis del petróleo. Así, el mercado estadounidense se fue llenando de tecnología de consumo extranjera mientras que las exportaciones bajaban, produciendo una fuerte inflación al tiempo que aumentaba el desempleo. Sucesivos presidentes intentaron infructuosamente invertir esta tendencia: Nixon sacó al país del estándar oro mientras que Jimmy Carter (inmediatamente anterior a Reagan) ya dio comienzo a una política de recorte de gasto social y bajada de impuestos.
Quizás más importante aún es la crisis moral de la propia sociedad estadounidense, de la que se puede tomar como ejemplo el famoso discurso sobre la "Crisis de Confianza" de Carter de 1979. Tras décadas de prosperidad y crecimiento, la recesión de los años setenta y los graves acontecimientos sociales y políticos como los asesinatos de los Kennedy y Martin Luther King, el fiasco de Vietnam... fueron un varapalo para el americano medio que empezaba a ver con recelo y cinismo la nueva competencia global que hasta el momento tanto le había beneficiado. En cuanto a su política internacional, Carter tampoco mostró tener suerte, con grandes fiascos como la crisis de los rehenes de la embajada en Irán (1979) o la invasión de Afganistán por parte de la URSS (1978).
Este ambiente de desilusión y crisis económica y de confianza incentivó el deseo de un cambio radical en el ciudadano estadounidense. Cuando Reagan arrasó en las elecciones de 1981, amplió las políticas de recorte de gasto social y bajada de impuestos ya iniciadas, al tiempo que acentuaba el enfrentamiento con la URSS, disparando el gasto militar. Este aumento de la inversión estatal (a través de las contratas militares) estimuló parte del tejido industrial haciendo crecer la producción pero también el déficit público. Así, la política de gasto militar sacó al país de la crisis de estanflación a costa de eliminar los colchones sociales a los más desfavorecidos.
Contexto dentro de la ciencia ficción:
En estas circunstancias históricas, el trasfondo de Neuromante parece casi un reflejo obvio de la situación del país. Los aspectos sociales que se podían percibir claramente en el deterioro urbano de ciudades como Detroit y todo el rust-belt, y los tecnológicos derivados de la irrupción de la informática y una electrónica cada vez más barata y doméstica (televisión, vídeo, equipos de música...) son extrapolados a los escenarios de la novela, en los que se percibe de fondo el desempleo y el abandono de los servicios sociales.
Gibson, por supuesto, no fue el único autor en reflejar esta preocupación por el deterioro social, su inclusión en el género fue progresiva. Ya desde principios de la década anterior se vislumbraba en diferentes obras y autores precursores como John Brunner o J.G. Ballard. En El rebaño ciego (1972), Brunner denunciaba el daño medioambiental creciente y la dejación de los gobiernos en el asunto; y en El jinete en la onda del shock (1975) aventura ya que la informatización de los datos tiene una doble cara de un aparente aumento de libertad individual aparejada a un aumento de la capacidad de control por parte del estado. Ballard, por su parte, denunciaba ya el progresivo aislamiento del individuo en una sociedad cada vez más tecnológica y deshumanizada en La isla de hormigón (1974) o Rascacielos (1975), y en esta última se puede incluso anticipar una visión de cómo un sistema excesivamente liberal puede conducir a una destrucción de los servicios públicos más básicos. Incluso autores totalmente alejados de estos estilos y temáticas, como Ray Bradbury (El convector Toynbee, 1984), hicieron explícito el reflejo a la crisis social y de confianza.
No sólo la literatura de ciencia ficción se había empezado a hacer eco de estos cambios. Alien (Ridley Scott, 1979) tiene lugar en una nave espacial de apariencia totalmente industrial y, para la compañía que la fleta, la tripulación es, literalmente, sacrificable en aras del beneficio económico de la compañía; y Tron (Steven Lisberger, 1981) imagina un espacio de información visualizada como geometría y luz que adelanta el ciberespacio que Gibson imagina en Neuromante.
Es en este contexto donde nace, o más bien cristaliza, el ciberpunk.
El ciberpunk:
El ciberpunk fue una corriente contracultural fuertemente distópica que se fraguó y creció en los ochenta, inicialmente dotada de un claro contenido político que se vio reducido y, a veces, vaciado, víctima del éxito de la propia fuerza estética del subgénero.
Si hay dos obras que define el subgénero estas son Blade Runner (Ridley Scott, 1982) y la propia Neuromante. La primera es definitoria de la estética: escenarios oscuros, obsolescencia y deterioro, luces de neón, japonismo, tribus urbanas... La segunda, más especulativa, resume el ideario. Ambas comparten una temática y argumento muy cercanos al noir; Sam Spade (el detective imaginado por Dashiell Hammett y protagonista de El halcón maltés -1930-) se habría sentido cómodo en el Los Ángeles de 2019 de Ridley Scott o en la Chiba de Gibson.
Originalmente el ciberpunk nació como una forma de denuncia social. Se criticaba el uso de la tecnología para fines reprobables, como el control de la sociedad a modo de Gran Hermano tecnológico, al tiempo que aumentaba la brecha social como consecuencia natural e indeseable de las políticas liberales que estaban contagiando la esfera política. Así, el eje del ciberpunk es la dicotomía entre un elevado progreso tecnológico y un fuerte deterioro social.
El escenario típico de una obra ciberpunk es urbano, una ciudad degradada con altos niveles de delincuencia y marginalidad en la que la policía no trata tanto de hacer valer la ley como de mantener alejados de los barrios ricos los conflictos de los barrios pobres. Las calles son sucias y oscuras, iluminadas más por los neones de los comercios -con un fuerte sabor oriental- que por un alumbrado público que escasea; son populosas, ricas en vestuarios, peinados, etnias, culturas y tribus urbanas (buena parte del elemento punk del ciberpunk es esta actitud contestataria generalizada).
La tecnología es barata y ubicua, pero no siempre se le da el uso para el que ha sido diseñada: los aparatos son desmontados y sus piezas destinadas a otros usos en nuevos aparatos caseros que son una amalgama caótica de piezas, motores y circuitos. Estos aspectos reflejan el movimiento real ciberpunk, abanderado del "hazlo tú mismo". Dice Gibson en Quemando cromo (1982):
- "La calle da su propio uso a las cosas."
Pero, y este es un aspecto fundamental en el ciberpunk, esta tecnología no sirve para cubrir las carencias sociales: la marginalidad y la pobreza son generalizadas, la sanidad es privada y los seguros nunca cubren las necesidades de los ciudadanos y los rechazan sepultándolos en papeleo, las clínicas clandestinas son la norma, muy a menudo más destinadas a la colocación de implantes y miembros aumentados que en curar.
Así, el ciberpunk reúne las principales preocupaciones de la sociedad de los ochenta:
- la contaminación y el deterioro medioambiental,
- la deshumanización de la sociedad,
- la pérdida de servicios sociales, la desaparición de la clase media y el aumento de la brecha social,
- la privatización del Estado y el imperio de las grandes compañías,
- el mal uso de la tecnología.
Sin embargo, aún siendo esta denuncia social la esencia motora del ciberpunk, de cara al exterior lo que más atrajo la atención del público fue su fuerza estética: Sus ciudades oscuras iluminadas con neón, sus personajes, vestidos y maquilados de forma llamativa, repletos de implantes y modificaciones, su tecnología visualmente espectacular... Estos elementos estéticos terminaron fagocitando el subgénero, deslavando y vaciando su contenido de denuncia (que, sin embargo, siempre está de alguna forma presente).