Luna

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Luna Tierra
Características físicas
Diámetro del ecuador (km): 3.474,8 12.756,28
Periodo de rotación: 27 d 7 h 43,7 min 23 h 56 min
Masa (kg): 7,349 × 1022 5,97 × 1024
Densidad (g/cm3): 3,34 5,51
Gravedad superficial (m/s2): 1,62 9,81
Velocidad de escape (km/s): 2,38 11,19
Inclinación axial (º): 1,54 23,45
Temperatura (K):
Mínima:
Media:
Máxima:
40
(d/n) 380/120
396
182
282
333
Características orbitales
Radio medio (km): 0,3844 × 106 148,50 × 106
Excentricidad: 0,0549 0,0167
Periodo de traslación: 27 d 7 h 43,7 min 365 d 6 h
Otros datos
Principales satélites: Es satélite de la Tierra
Atmosfera Despreciable
En la ciencia ficción
Principales obras: De la Tierra a la Luna
Trilogía de la Luna

La Luna es el único satélite natural de la Tierra.

La Luna real:

Tiene un diámetro ecuatorial de 3.476 km. (algo menos de la tercera parte del terrestre) y orbita al planeta a 384.400 km., medidos de centro a centro.

Por efecto de las fuerzas de marea de la Tierra, su periodo de rotación coincide con el de traslación, por lo que siempre ofrece a ésta la misma cara.

A su vez, la Luna crea mareas sobre la Tierra, que son especialmente apreciables en las variaciones del nivel de los océanos. Estas mareas producen efectos de rozamiento entre las masas marinas y los fondos oceánicos que reducen la energía de rotación de la Tierra. En consecuencia, y dada la continuidad del momento angular del sistema Tierra-Luna, esta última se aleja de la Tierra unos pocos milímetros al año.

La relación de masas Tierra/Luna es de 81/1, desproporcionadamente grande en comparación con las relaciones de masa planeta/satélite del resto de los cuerpos del Sistema Solar. Por este motivo, algunos autores consideran al sistema Tierra-Luna como un planeta binario. Pese a ello, a diferencia del sistema Plutón-Caronte, el centro de gravedad del sistema Tierra-Luna está dentro de la superficie del cuerpo principal (la Tierra).

La semejanza de composiciones entre la Tierra y la Luna, así como la dificultad de que dos cuerpos tan semejantes pudieran formarse en común o que la Luna pudiera ser capturada por la Tierra (dada la escasa diferencia de masas) lleva a la conclusión de que la Luna fue desgarrada de la Tierra por el impacto de un asteroide. Este impacto explicaría también la gran inclinación axial de la Tierra.

El primer hombre en pisar la Luna fue Neil Armstrong el 21 de julio de 1969.

La Luna en la ciencia ficción:

La Luna es, junto con el Sol, el único cuerpo del Sistema Solar que puede ser apreciado como voluminoso desde la Tierra; el resto de los planetas son simples puntos en el firmamento. Es decir, desde antiguo ha sido visto como un lugar; distante y enigmático, pero una tierra que tal vez podría ser visitada y explorada.

Viajes a la Luna:

La Luna fue desde muy pronto uno de los territorios elegidos para los relatos de viajes imaginarios. Luciano de Samosata ya imaginó un viaje así (a bordo de un barco) en el siglo II, llamado Verae Historiae. Y aún anterior a él fue el griego Antonio Diógenes con su "novela" de aventuras Las maravillas más allá de Tule, que se sospecha que fue al fuente de inspiración para Samosata.

No obstante, no se suele considerar estas antiguas obras como ciencia ficción, al no pretender suspender la incredulidad del lector, sino más bien proporcionar un vehículo imaginativo y chocante bien para la mera aventura o para la crítica.

Siglos después, en la ciencia ficción primitiva, tenemos ya ejemplos como Kepler, quien narra en su novela Somnium (1623) un viaje a la Luna. También Cyrano de Bergerac y el Barón de Munchausen viajaron a nuestro satélite. Al igual que los precedentes griegos, estos autores empelaban medios abiertamente absurdos para efectuar al travesía, lo que hace suponer que ellos mismos no consideraban posible tal hazaña, sino algo más propio de los sueños y los juegos.

Obras posteriores emplearon la Luna como destino del viaje espacial, algunas tempranas como De la Tierra a la Luna (1865), de Julio Verne, en la que se describe una órbita alrededor del satélite, o Le Voyage dans la Lune (1902) de Georges Meliès.

Se trataban todas ellas de obras más imaginativas que científicas, aún cuando los conocimientos de astronomía de Kepler o los de ingeniería de Verne vertieran en estos relatos interesantes reflexiones. Por ello, cuando los intrépidos viajeros llegaban al destino, encontraban allí más bien un mundo de fábula. Parecía quedar lejos de las intenciones del autor revestir de verosimilitud la aventura. Verne, por su parte, el más inclinado a suspender la incredulidad del lector, soslayó el peliagudo tema de encontrarse o no con los selenitas.

Y es que ya con un simple telescopio de aficionado es posible apreciar que la Luna no es más que un cuerpo yermo, por lo que carece de posibilidades de vida en ella. Así, dejó de tener interés en las historias de viajeros que encuentran nuevos mundos y civilizaciones extrañas, cediendo su puesto de escenario fantástico a otros planetas, como Venus (misterioso por la capa de nubes que impide ver su superficie y que, en un principio se creyó que eran de agua) y, principalmente, Marte.

Así, aunque podemos indicar algunos otros trabajos tempranos que se interesaron por la idea, como La vida futura (1936), de H.G. Wells, lo cierto es que la Luna dejó de suscitar el interés de los escritores de la edad de oro, hasta pasada la Segunda Guerra Mundial.

Los años cincuenta asistieron a un renovado interés por los viajes lunares, quizás como anticipación al programa espacial que sucedería como objeto de enfrentamiento entre las superpotencias tras la carrera armamentística en pos de la bomba atómica. Aparecen una larga serie de obras de gran impacto, como las películas Destino, la Luna (1950) (con guión de Heinlein) o Quatermass 2 (1957), e incluso cómics como Objetivo: La Luna (1953) y Aterrizaje en la Luna (1954).

Y así durante dos décadas, hasta la verdadera conquista del satélite en 1969, hito que obligó a imaginar situaciones aún más osadas.

La colonización:

No faltaron autores que imaginasen una Luna habitada por especies ajenas a las terrestres, como Edgar Rice Burroughs en La criada de la Luna (1926) o Jack Williamson en La era de la Luna (1932); pero estos ejemplos se corresponden con una época en la que aún era posible verter cierta fantasía sobre un cuerpo rocoso relativamente desconocido. Pronto quedó claro que en la Luna no había ni podía haber habido vida (a pesar de bodrios como Las mujeres gato de la Luna, 1953). Se trataba de un cuerpo estéril, sin atmósfera, con poca gravedad y expuesto a peligrosas radiaciones espaciales. Pero era un interesante punto estratégico de cara a la exploración de nuestro Sistema Solar.

Bajo esta óptica, la Luna se convirtió en el escenario de la acción o, cuando menos, pasó a mencionarse su colonización futura como un hecho ineludible. Ya desde obras tempranas como Los jugadores (1951) de Fredric Brown, Los Stone (1952) de Heinlein, ¡Tigre! ¡Tigre! (1956) de Alfred Bester o La noche moribunda (1956) y otros muchos relatos de Isaac Asimov que apostaban por un uso científico del satélite.

Para Stanislaw Lem, en los Relatos del piloto Pirx, La Luna sería una base comercial, una especie de lanzadera a otros planetas. En sus relatos Reflejo condicionado (1963) o La cacería (1965) describía minuciosamente cómo sería la vida de estos primeros colonos, científicos y pilotos, moviéndose dentro de trajes presurizados en medio de un ambiente totalmente distinto al habitual, sin sonido, sin atmósfera.

Heinlein, por su parte, en La Luna es una cruel amante (1966) avanzaría hasta imaginar que el satélite había sido plenamente colonizado, incluso, superpoblado, gracias a haber sido utilizado como una prisión de exilio, de tal manera que llegaba a postular que se independizaría del mundo madre de manera similar a como lo hicieran las colonias americanas en su día.

Así, seguimos encontrando ejemplos de colonias científicas como en 2001 (1968) e incluso militares, como la base ultrasecreta que sirve para luchar contra una invasión extraterrestre en la serie de televisión UFO (1971).

Obras posteriores, y dentro de la ciencia ficción dura como la trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson seguirían empleándola como una primera base más dentro de un espacio cercano colonizado, pero ya nunca sería un tema tan preeminente como en la década de los sesenta.

La destrucción:

Pero la Luna no sólo ha sido presentada como un lugar que visitar o habitar. Autores con cierto atrevimiento han llegado a imaginar su destrucción en medio de acontecimientos apocalípticos.

Así sucede, por ejemplo, en Últimas órdenes (1976) de Brian W. Aldiss, donde la propia Tierra se ve amenazada ante el resquebrajamiento de la Luna, debido al parecer a algún experimento indebido relacionado con la gravedad.

Esta también sería la premisa de partida para Pablo Nauglin en Escamas de cristal (2003), novela corta donde deja a la especie humana sobreviviendo de mala manera a bordo de estaciones espaciales reconvertidas en hábitats a la deriva ante la desaparición conjunta de la Tierra y su satélite, debido a otro experimento fallido.

Un accidente con un puerto espacial es la causa en Cowboy Bebop (1998), y en Akira (1982-1993), directamente es el poder desbocado de Tetsuo, quien mutila su rocosa superficie en una especie de acontecimiento festivo. Recordando mucho a estas ímagenes de Akira, encontramso también una Luna parcialmente destruida en la película Oblivion (2013), en este caso, destrozada durante una invasión extraterrestre con el fin de inflingir a la Tierra una oleada de desastres naturales.

En conclusión, para una mente imaginativa e inquieta, ni siquiera la Luna es una constante.


Sistema Solar

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