Cine: La guerra de los mundos.

Cuando los aficionados a la ciencia-ficción (especialmente los admiradores de H. G. Wells) supimos que Spielberg estaba preparando una versión de La guerra de los mundos tuvimos miedo de que el cineasta estadounidense hiciera con la novela de Wells algo parecido a lo que hizo con Inteligencia Artificial, arruinando en unos pocos minutos el trabajo de Kubrik en aquel guión.

Ciertamente, los aires actuales son muy distintos de los que se respiraban en 1898, cuando Wells publicó su novela. En aquel entonces la Inglaterra victoriana se acercaba a su fin (que tal vez podríamos fechar en 1912, con el hundimiento del Titanic, pero eso es otro asunto). En 1898 Inglaterra conservaba su imperio y los usos y costumbres de la época encorsetaban a sus ciudadanos. Fue esta época la que Wells quiso retratar y a la que quiso hacer reflexionar con su novela.

Por una parte, los marcianos que llegan y conquistan la Tierra le permiten una reflexión acerca de los propios métodos coloniales de los países de la Europa del siglo XIX. Por otra, ataca directamente a la autocomplacencia de sus contemporáneos.

Por supuesto, ambos aspectos de la novela son obsoletos ahora, en pleno siglo XXI, pero hay otro aspecto que sigue vivo, y es su retrato de la naturaleza humana.

En Idependence Day los extraterrestres llegan a la Tierra y parecen capaces de vencernos, pero el arrojo, el valor, el sacrificio de los humanos consigue vencerlos. Por muy superior que sea su tecnología, nada podrán contra nuestro valor. Los hombres y mujeres del mundo se unen y luchan juntos con abnegación y sacrificio contra el invasor común.

En la novela de Wells la naturaleza humana no sale tan bien retratada y, sin embargo (o tal vez por ello), el análisis de Wells parece mucho más probable y acertado. En La guerra de los mundos, los hombres y mujeres huyen despavoridos, los fuertes roban los carros a los débiles, los avariciosos tratan de salvar sus posesiones, la confusión aturde a los débiles… Wells parece recrearse en el retrato del vicario y en el del artillero, reflejando naturalezas humanas muy diferentes y, sin embargo, débiles y mezquinas ambas.

Todo esto sigue estando presente hoy en día, cuando Spielberg estrena su versión de esta magnifica historia. ¿Qué ha hecho con ella?

Sorprendentemente, y pese a todos los temores, Spielberg ha sabido ver lo que era importante y lo que no. Ha comprendido que la prosa de Wells es intemporal y, por ello, no se ha esforzado en recrear la Inglaterra victoriana, sino que se ha ceñido a aquello que le es conocido: los Estados Unidos de principios del siglo XXI, y sitúa en este escenario la acción.

Por otra parte, el cine es un medio distinto a la literatura. Utilizan recursos tan diferentes que las adaptaciones que tratan de ser absolutamente fieles no resultan más que remedos toscos del original. El cine es un medio que Spielberg conoce (si bien no siempre sepa utilizar), y las pequeñas modificaciones que realiza en la historia (el protagonista pasa de ser un reputado escritor filosófico que trata de reunirse con su mujer a un padre divorciado al que la invasión sorprende en un fin de semana con unos hijos que no comprende) no afectan al núcleo de la historia: las reacciones humanas ante una situación de miedo y de peligro.

Spielberg, modifica situaciones, las funde, las adapta, cambia a los personajes… y sin embargo el retrato que Wells hizo de nuestra raza hace ya más de cien años sigue presente, actual y fresco. Del mismo modo que cuando serramos una tabla vieja y gruesa comprobamos que su interior huele a madera fresca, la novela sigue siendo actual en la adaptación cinematográfica que nos ocupa.

Como era de esperar en una película de Spielberg, el impacto visual es impresionante. Los efectos especiales son técnicamente irreprochables y casi tan sorprendentes como la actuación de Cruise que, pese a su eterna sonrisa consigue hacer un papel aceptable.

Queda el final.

Todo aquel que haya leído la novela recordará la forma tan sorprendente en que se resuelve la trama. Algo tan evidente y en lo que, sin embargo, no reparamos hasta que el narrador nos lo describe.

Resulta notable que Wells, con los conocimientos científicos de hace más de un siglo (que hoy en día nos resultan tan simples, toscos e ingenuos), fuera capaz de reparar en un detalle tan brillante… y, sin embargo, repara en él.

Spielberg se ciñe a este final. Es más, las imágenes y la voz en off del principio y del final de la película le permiten dar a esta una estructura circular, un brillante destello de buen cine que consigue, al menos en este aspecto, superar a la novela original.

En resumen: la adaptación que Spielberg ha hecho de la novela de Wells es, sin duda, un brillante ejemplo de lo que debería ser una adaptación cinematográfica. Consigue resucitar la novela de Wells (o lo habría conseguido si esta hubiera muerto) ciñéndose a lo que es importante, olvidando lo que es transitorio y utilizando recursos diferente en un medio diferente.

 

Carbunco
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