Literatura: El Quijote.

Por una vez, al menos, una campaña pública ha servido para algo. Con motivo del cuarto aniversario del Quijote me he decidido a desempolvar mi ejemplar de este libro (hace mucho tiempo sepultado entre los demás volúmenes de mi biblioteca como unos eternos deberes pendientes) y me he sumergido en su lectura.

No pretendo hacer de este artículo una crítica exhaustiva del libro, ni tan siquiera una crítica somera (hay ya escritas muchas críticas del Quijote que ocupan en conjunto un volumen muy superior al del propio libro), sino contar mi propia experiencia personal.

La primera impresión fue descorazonadora: tras el archiconocido “En un lugar de la Mancha…” me encontré con un texto escrito en un castellano ya obsoleto que fue lo que me desanimó a seguir la primera vez que intenté leer el libro (hace ya muchos años). Pero cuando conseguí hacerme al lenguaje, descubrí que el Quijote es (en contra de todo lo que yo esperaba) un libro ameno que ha conseguido en ocasiones arrancarme alguna carcajada.

El libro está dividido en dos partes. La primera, escrita en 1605, es la que contiene los pasajes más conocidos: la vela de las armas en el patio de la posada, la carga contra los molinos o la menos conocida aventura de la lucha entre los ejércitos de ovejas. La segunda parte 1614 fue escrita (según cuenta el mismo Cervantes en el prólogo) como consecuencia del éxito editorial de la primera.

El libro comienza con aventuras breves y divertidas casi a modo de pequeños relatos independientes entre sí. Sin embargo, esta estructura cambia y dentro de la trama principal aparecen otras historias (una novela leída en una posada, amoríos y desamoríos o, incluso, toda una aventura épica con el rescate de una doncella cristiana en tierras de moros).

Todas estas historias de personajes segundarios se vuelven cada vez más largas, apartándonos del hilo principal. En pleno siglo XVII tenían su razón de ser: el barroco exigía que una obra contuviera otras muchas de diferentes estilos que la enriquecieran, pero el barroco es un estilo que hace mucho que ha quedado atrás y, por muy brillantes que sean estos pequeños cuentos de forma individual, el resultado es una narración entrecortada, interrumpida una y otra vez por anécdotas que no vienen al caso.

Así, a un lector actual, la primera parte se le puede hacer pesada, sobre todo si tenemos en cuenta que las aventuras más entretenidas están al principio, cuando todavía no ha tenido tiempo de acostumbrarse al castellano de hace cuatro siglos.

La segunda parte es muy diferente de la anterior, y muy superior. Comienza cuando Don Quijote (que parecía recuperado de su locura) sabe que sus andanzas han sido puestas por escrito y publicadas. Esto lo anima a retomar armas e iniciar una nueva salida acompañado otra vez de Sancho Panza.

En esta ocasión Cervantes se ciñe mucho más a la historia que quiere contar y la lectura es más amena y continuada. Hay, como en la primera parte, digresiones y pequeños sucesos que pueden ser leídas como relatos independientes, pero ahora son las menos y la mayor parte del libro es una trama continua en la que los personajes evolucionan… y este es el mayor acierto de la novela, el que (según críticos más versados que yo) la convierte en la primera novela moderna.

A medida que el contacto con el mundo real lo desengaña de sus fantasías, Don Quijote se va volviendo cada vez más mundano, pero es Sancho Panza el personaje que más cambia.

Si en la primera parte Sancho es un pobre idiota que sigue a su señor convencido de poder hacer fortuna, en esta segunda Sancho se permite dudar de la cordura de Don Quijote… lo que no le impide seguirlo mientras le pague. Sancho crece y se enriquece del contacto con Don Quijote y cuando le conceden por fin el gobierno de una ínsula (uno de los mejores episodios, a mi entender) demuestra ser una persona sensata y de gran juicio.

El Quijote es, como ya he dicho, una novela divertida y no exenta de cierta crítica e ironía.

Muchas críticas se extienden en este aspecto (seguro que alguna sorprendería al mismo Cervantes, haciéndole ver lo elaborado y complejo de su obra), pero yo prefiero quedarme con la parte divertida.

Insisto en que no hay que dejarse desanimar al principio; el castellano que utiliza Cervantes puede ser antiguo, pero es fácil hacerse a él. Además, hay que tener en cuenta que el autor caracterizó a Don Quijote haciéndole hablar en el lenguaje rebuscado de las novelas de caballerías que lo enloquecieron, con lo que muchos de los discursos de Don Quijote suenan ridículos porque así lo quiso el propio Cervantes.

Por todo ello (y por mucho más) el Quijote es una lectura muy recomendable, y este cuarto centenario puede ser una buena ocasión para leerlo.

 

 

Cide Hamete Benengeli

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