Acerca del ateismo.

En su magnífica novela "El Señor de las moscas", William Golding describe de forma admirable el nacimiento de las religiones. La novela es una metáfora de la sociedad, representada por un conjunto de niños que han naufragado en una isla desierta. Los niños deben aprender a organizarse, pero su incipiente sociedad no es capaz de dominar a determinados miembros y la situación se desencadena de forma violenta.

Antes del completo deterioro de la situación, hay un momento en que los más pequeños, confundidos tal vez por una pesadilla, creen que en la laguna habita una horrible bestia. Éste es el principio de la mayor parte de las religiones: el miedo a lo desconocido.

Esto es claro en las religiones más primitivas, que con su multitud de pequeños dioses pretenden explicar de forma aislada diferentes aspectos del mundo, que crean deidades sobre las que proyectar sus esperanzas de buen tiempo, buena caza o buena cosecha.

Las religiones más modernas son más complejas, con cosmogonías más compactas, mejor construidas, pero su base es la misma: explicar un Universo cuya comprensión escapa a menudo al ser humano, al mismo tiempo que proporciona una esperanza y una explicación a la última gran incógnita: la muerte.

Hoy en día no necesitamos de la religión para explicar el Universo. La ciencia es una herramienta mucho más poderosa, pues no sólo proporciona explicaciones basadas en experiencias empíricas, sino que crea modelos matemáticos que demuestran su validez, proporcionando previsiones de diferentes fenómenos.

Sin embargo, tras casi tres siglos de Ilustración, no hemos sido capaces todavía de liberarnos de la lacra de la superstición que las religiones suponen. Esto es debido a que la ciencia no puede proporcionar explicaciones acerca de un teórico más allá. El miedo natural del ser humano a lo desconocido reacciona ante esto aferrándose a los modelos religiosos.

Pero esta es toda la base de la permanencia de las religiones. No sus cosmogonías, que hoy no resultan ser sino mera mitología, sino la incapacidad natural del ser humano de hacer frente al hecho de que más allá de la muerte sólo hay putrefacción.

Las religiones ofrecen un apoyo moral, una esperanza de un futuro eterno y mejor, el consuelo de un ente superior que explique nuestra existencia, que nos ayuda o nos insufla esperanza.

Desde un punto de vista ateo todo esto es innecesario. El mundo (al menos a nuestra escala) es perfectamente definible, el conocimiento de nuestra propia mortalidad puede ser afrontado sin grandes problemas (en cierta forma nos ayuda a desenvolvernos en este mundo, sin confusiones ni dudas acerca de un futuro incierto), el hecho de saber que no dependemos de entes abstractos cuya voluntad no comprendemos nos reafirma en nuestra confianza en nosotros mismos.

La ausencia de un castigo o una recompensa infinitos no nos hace caer en la anomia o en la depravación. Somos conscientes de que el bien de todos, incluidos nosotros mismos, depende de la existencia de unas normas morales y éticas de convivencia, y las seguimos por nuestra propia voluntad, actuando de forma ética por motivos éticos, no por temores ultramundanos.

Es más, la comprensión de que no hay hechos absolutos nos ayuda a no caer en dogmatismos, a librarnos de la tentación de imponer con cualquier medio (incluida la violencia) nuestras opiniones a los demás, y nos ayuda a adaptar nuestras normas a los diferentes cambios que la sociedad experimenta en su evolución.

Hacer ver todo esto, hacer comprender que nosotros por nosotros mismos somos capaces de hacer frente al mundo que nos rodea y de convivir en paz, sin necesidad de deidades, ídolos ni supersticiones es, todavía, una tarea pendiente.

 

 

Carbunco.
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