Después de la Universidad.

Desde que suena el despertador hasta que caigo rendida de sueño en mi cama sólo pienso en el trabajo. No se me puede olvidar nada ni llamar a nadie... y además a primera hora. Pero, ¡ojo! todos no tienen los mismos horarios: recordar esto también.

Tener cuidado de que todo vaya bien, que todos tengan algo que hacer, organizar los tajos para aprovechar bien el material, atender las posibles visitas de la obra (Coordinador de Seguridad, Servicio de Prevención, Control Técnico, etc..).

Así hasta que se termina la jornada laboral. La de los obreros, por supuesto, la mía aún no acaba. Tengo que ir a la oficina a rendir cuentas a mi jefe.

Aguantar chistes malos y fuera de lugar, soeces, machistas e, incluso, en ocasiones ofensivos hacia mi persona.

Y aunque contarle cada cosa que ha ocurrido en el día puede llevarme 15 minutos, él me tiene en la oficina hasta que se acuerda de que debe tener una casa y familia.

Nada de esto es lo que creí que iba a ser mi vida sólo meses antes, cuando estaba terminando la carrera.

Entonces pensaba que mi carrera me permitiría encontrar un trabajo cómodo y más o menos bien remunerado. Un trabajo que me permitiera vivir a gusto y no obsesionarme. Sólo quería trabajar para vivir y no vivir para trabajar.

Pero no es así.

Tengo una carrera, pero nada de experiencia, con lo que tengo que adquirirla con un contrato en prácticas, con un salario bajo y parte en dinero negro (se camufla como dietas, kilometraje, peajes, aparcamientos en zona azul...), dinero que no se declara ni se cotiza con lo que no se tiene en cuenta si te mandan al paro, sin horario laboral, soportando a un jefe hijo de puta en la oficina y el desdén de los operarios en la obra.

¡Qué distinto de mi vida estudiantil!

¡Qué bien vivía yo de estudiante!

 

 

Mónica

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