El despertar de Occidente

El 11 de septiembre chocaron algo más que aviones. En occidente habíamos vivido hasta entonces aislados del resto del mundo, convencidos de nuestra propia supremacía, y hablábamos en términos de globalización desde una perspectiva que nos era propia y ventajosa. Sin embargo, cuando los aviones pilotados por los hombres de Al Qaeda hundieron las torres gemelas descubrimos que no estábamos solos, y que en el mundo había mucha más gente con ideas muy diferentes.

La reacción más inmediata y evidente fue la de juzgar a todo el Islam como autor de la masacre, culpabilizar a todos y reaccionar en su contra, reacción que Israel ha aprovechado para realizar uno de los más brutales actos de genocidio y crímenes de guerra de la historia moderna, con el beneplácito de los países occidentales, que no parecen decididos a nada más que protestar sin decidirse en ningún momento a actuar en la zona como hicieron en Kosovo.

Pero independientemente de todo esto, uno de los aspectos del asunto que en todo momento parece pasarnos por alto es que metemos en un mismo saco a marroquíes, afganos, pakistaníes, saudíes, sudaneses... sin hacer en ningún momento distinción entre ellos.

Y sin embargo, esta es una idea que está equivocada desde el principio. A menudo se ha relacionado a la cultura occidental con la cultura cristiana y, sin embargo, ¿qué tiene que ver un católico español con uno irlandés o italiano? Mas aún ¿qué los une a luteranos ingleses, rusos ortodoxos o, incluso a egipcios coptos? Occidente aplica a otros unas simplificaciones que rechazaría para sí mismo.

De pronto este esquema se viene abajo. ¿Qué es occidente? ¿Qué lo caracteriza y distingue de las culturas que ahora le son hostiles? ¿La Biblia? ¿Qué Biblia? La Biblia es un libro demasiado antiguo, cuyo original arameo se ha perdido y del cual los fragmentos más antiguos conservados son traducciones al griego del siglo quinto. La Biblia está compuesta de muchos libros, pero parece ser que en el texto original había más libros que fueron descartados. Otros fueron añadidos más tarde, siempre en beneficio de la secta que más poder tenía en la incipiente religión.

Y a un paso de todos estos matices, los judíos. ¿Qué los separa de los cristianos cuando el Antiguo Testamento es, en realidad, tradición judía? Sólo la creencia cristiana de que el Mesías ha llegado y es Jesucristo, mientras que los judío siguen esperando su llegada (con una cierta lógica, pues a la llegada del Mesías le sigue el fin del mundo, y llevamos ya casi dos milenios esperando...)

Descubrimos con horror que estamos más cerca de un judío londinense que cena los viernes en el McDonnald's y luego ve la última de Spielberg que de un egipcio copto, que debería ser, salvo matices, nuestro hermano de religión.

Hablamos del Corán y lo demonizamos, basándonos en las fechorías que se realizan en su nombre, olvidando la Inquisición, Torquemada y la evangelización de América. Pero es que, del mismo modo que hay varias Biblias hay varios Coranes (La secta a la que pertenece Ben Laden se basa en una interpretación estricta del Corán que rechaza todas las modificaciones posteriores al siglo XIII).

Cualquier experto en cultura musulmana podría confirmar que el Corán, interpretado de forma estricta, no es más represivo e intolerante que la Biblia, y con esto entramos en un tema que va más allá de la propia religión: y es que, más que de libros o religiones hablamos de culturas y de personas.

La auténtica diferencia es cultural. Nosotros vivimos en una época de agnosticismo y creemos más en la tolerancia que en la religión. Y sin embargo, parecemos olvidar esta tolerancia cuando nos encontramos con otras culturas que no aceptan nuestros esquemas (principalmente de mercado) y tratamos de imponerles nuestro modo de vida sin pararnos a pensar en si realmente lo quieren y lo necesitan, sorprendiéndonos luego de que reaccionen de forma violenta cuando los convertimos en parias marginales de un esquema que les hemos impuesto.

Habíamos juzgado la globalización a nuestra medida, instalando nuestras fábricas de productos contaminantes en sus países, comprando a precio de miseria su mano de obra, obligándoles a comprar nuestros excedentes comerciales incrementando su deuda y condonándoles posteriormente parte de ésta a cambio de unas materias primas que luego revendemos a altos precios.

¿Cómo podemos sorprendernos de su reacción cuando nunca nos hemos preocupado realmente por su bienestar, sometiéndoles a un estado de práctica esclavitud y total pobreza?

Por otra parte, también es cierto que ellos jamás han intentado acercarse a nosotros, que nos han juzgado desde la intolerancia de su fundamentalismo religioso. Tenemos de esta forma el choque de dos culturas, separadas y que se niegan a reconocerse, juzgándose según prejuicios y clichés demasiado vagos e inciertos. Y sin embargo el encuentro era algo inevitable, a medida que el mundo se iba haciendo cada vez más pequeño.

En cierto modo, Ben Laden ha precipitado uno de los episodios más interesantes de la Globalización.

 

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